-Generalmente, los alegatos sobre temas medioambientales no vienen desde la economía, sino desde otros ámbitos científicos. Hablar de economía sustentable, para muchos, podría ser un contrasentido…

-Esto quizás era verdad hasta hace algunos pocos años. Hoy ya no lo es: el alerta sobre la burbuja de carbono (carbon bubble) vino de dos grandes organizaciones financieras globales, el HSBC y la UBS. Dicho alerta consiste en que si las sociedades actuales quieren evitar la prolongación de las catástrofes que ya ocurren como consecuencia de los cambios climáticos, hay un escenario que debe ser respetado. Las estimaciones de los científicos consideran que entre los años 2000 y 2050 solo podrían ser emitidas 1.400 gigatoneladas de gases de efecto invernadero. De este total ya fueron emitidas 400 gigatoneladas entre 2000 y 2010. Por lo tanto, para que nos mantengamos en los límites, solo podemos emitir 1.000 gigatoneladas hasta 2050. Ocurre que si fueran utilizadas las reservas conocidas de las grandes petrolíferas, quemarían casi 3.000 gigatoneladas. La conclusión es que el patrimonio de estas empresas solo puede convertirse en riqueza real si destruye el equilibrio del sistema climático. Lo importante es la conclusión económica que HSBC y UBS obtuvieron de estos datos: hay una burbuja de carbono y, por lo tanto, las petroleras europeas deben perder entre 40% y 60% de su valor hasta 2020. El carácter no sustentable de la economía empieza a manifestar consecuencias económicas y financieras.

Acciones cruzadas

-Mientras el consumo se acelera y los recursos se van desgastando, se avanza poco en conciencia ambiental, ¿estamos a tiempo de cambiar?

-El problema de este cambio es que toda la gobernanza actual (privada y estatal) se vuelca a “más”: cuando se lucha contra la pobreza, por ejemplo, esto se traduce en más bienes de consumo lo que es, sin duda, positivo. Pero hay otra urgencia sobre la que no hay ninguna forma consolidada de gobernanza: es el hecho de que en relación a muchos bienes y servicios necesitamos hacer menos y no más. Y nadie sabe hacer menos, ni los gobiernos, ni las empresas. No tenemos gobernanza para el “menos”, solo para el “más”.

-Usted dice que el sistema económico actual no es sustentable: más autos, más polución, más consumo de alimentos, combustibles…, ¿desde dónde puede detenerse esa realidad?

-La paradoja actual es que las cadenas de valor no están en una posición pasiva sobre estos temas. Para las grandes marcas globales, sustentabilidad no es más un tema marginal o puramente de reputación empresarial. El tema es estratégico. En primer lugar, para organizar las cadenas de valor y ampliar el control sobre ellas. Walmart tiene 20 mil proveedores solo en China. Además, sustentabilidad es un factor de economía de materiales donde los recursos naturales son no solo más escasos sino que presentan gran volatilidad en sus precios. El problema es que, en su casi totalidad, estas empresas -al mismo tiempo que intentan reducir sus impactos- tienen metas de crecimiento que acaban por contrarrestar los avances tecnológicos y materiales que logran alcanzar. El consumo de materiales, las emisiones y el consumo de energía por unidad de producto y por unidad de valor caen. Pero globalmente, no cesan de aumentar.

-En sus reflexiones usted se plantea, de cara a las empresas: ¿cómo producir?, ¿para quiénes?, ¿para qué?

-Las señales del exceso se observan claramente, ya sea por manifestaciones de la sociedad civil y de los científicos o por el mismo mercado. En el caso de los automóviles, hay dos informes recientes de Roland Berger y de KPMG que muestran que el auto individual es cada vez menos una aspiración fundamental para los jóvenes, incluso en países en desarrollo. No quiere decir que el automóvil desaparecerá, sino que será reemplazado por formas compartidas de uso, al contrario de lo que hace la industria, o sea, cada vez más vehículos. El reto que se plantea la industria es ¿dónde podemos producir más automóviles? El reto real de la sociedad es otro, ¿cómo hacer de un sector que significa congestionamiento en las metrópolis, un vector de movilidad para las personas? La respuesta tendrá que venir del mundo de los negocios y no solo por imposición de los gobiernos. Los dos informes citados muestran que el sector automovilístico no está preparado para una solución constructiva a esta pregunta. Llegan a sugerir que el futuro del automóvil está en la industria de medios digitales, que podrá transformar el coche en una plataforma de comunicación en red, flexible, adaptable y de uso compartido.

Empresas “B”

-Las llamadas empresas “B”, que buscan el crecimiento sostenible y equitativo, más allá de su interés en generar utilidades, ¿son una quimera en el actual formato del capitalismo?

-No es así. El ejemplo más emblemático es Patagonia (fábrica de indumentaria de Estados Unidos, una empresa “B” que no solamente invita a sus clientes a una reflexión sobre lo que consumen, sino que asume compromisos -con fuerza legal tan coercitiva como el compromiso de los accionistas- de regenerar algunos de los sistemas donde trabajan. Otro ejemplo es Puma, la empresa de artículos deportivos que tomó espontáneamente la iniciativa de calcular para toda su cadena de valor, el costo no pagado del uso que hace de cinco servicios ecosistémicos: agua, producción de basura, emisión de gases de efecto invernadero, uso del suelo y pérdida de biodiversidad. Los números son impresionantes: Puma vende 2,2 mil millones de euros por año. Su lucro es aproximadamente de 220 millones de euros. La estimación de sus costos ambientales asciende nada menos que a 145 millones de euros. Lo importante es que más allá de revelar estos números, la empresa pasó a orientar su proceso de innovación como si pagara por estos factores, que el conjunto de la economía emplea de forma gratuita. Esto resultó en innovaciones tecnológicas que neutralizan estos costos. Son ejemplos expresivos, pero aún muy minoritarios.

-¿Por qué supone que una empresa estaría dispuesta a cambiar el esquema si de la forma tradicional incrementa año a año sus ganancias?

-Por tres razones. En primer lugar, la presión social es fundamental. Una empresa que ofrece a la sociedad bienes cuyos impactos negativos no son ignorados por nadie, se expone a un riesgo extraordinario en lo que se refiere a su licencia para operar. En segundo lugar, aparecen formas alternativas de riqueza, más cercanas a una legítima prosperidad. Es lo que ocurre actualmente en el mundo de la energía con la oferta de fuentes renovables cada vez más baratas. La fusión entre energías renovables, descentralización y economía de la información en red va a revolucionar el universo de la energía en los próximos años. El precio del kilowatt generado por fuente solar cayó diez veces en los últimos cinco años en Estados Unidos. La tercera razón es que el esfuerzo de tantas empresas por organizar cadenas de valor menos predatorias que las actuales, abre camino a innovaciones que pueden derivar en negocios organizados explícitamente para promover transformaciones socio-ambientales revolucionarias.

Temas pendientes

-China y Brasil, entre otros, promueven cada año decenas de millones de personas a la clase media, aumentando aún más la demanda global…

-El caso de Brasil es diferente. Aunque tengamos instituciones democráticas más maduras y globalmente menos pobreza, somos una economía en proceso de reprimarización, para emplear una expresión del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. El 40% de la inversión brasileña total en los próximos años será aplicada a la explotación de materiales fósiles. La economía de la información, de la inteligencia, la frontera de la innovación, no es la marca de Brasil y esta es una de las razones de su crecimiento tan modesto. China es ambigua. Por un lado, tiene una matriz energética todavía centrada en carbón pero, al mismo tiempo, superó a Estados Unidos en inversiones renovables. Asimismo, es una sociedad donde la oferta de bienes públicos y colectivos de alta calidad avanza de manera impresionante, como lo muestran los datos sobre cantidad y calidad de la educación. Son sociedades donde el crecimiento económico puede volverse fundamental para llenar necesidades básicas en educación, salud, comunicación, transporte público de calidad y saneamiento básico. La duda es si el crecimiento tendrá esta orientación o si su resultado será, como lo es actualmente, determinante de concentración de ingresos y de destrucción de ecosistemas.

-¿Qué características deben tener las empresas de las nuevas economías?

-Si uno examina los trabajos recientes de Pavan Sukhdev (Corporation 2020), de Johan Rockstrom (The Human Quest), de Jeremy Rifkin (La Tercera Revolución Industrial) y de Paul Guiding (The Great Disruption) hay dos características comunes. Hay un esfuerzo por superar la doble separación que marcó la edad moderna. La primera es la que ubicó a ética y economía como términos autónomos. La segunda separación es entre sociedad y naturaleza. Juntar ética y economía (para emplear la expresión del premio Nobel de Economía, Amartya Sen) y sociedad y naturaleza, no son una aspiración filosófica lejana, sino que se transformaron en una condición para que la economía pueda ofrecer reales utilidades a las personas, en el respeto a los límites ecosistémicos. Cuando el mundo tenía tres mil millones de habitantes, el sentido de la vida económica estaba en ofrecer empleos, impuestos, riqueza y alguna innovación. Hoy, en un mundo lleno, rumbo a nueve mil millones de personas, no es suficiente: lo fundamental es saber si la riqueza crea real prosperidad. Precios verdaderos (como lo hizo Puma), eliminación de los subsidios que estimulan el uso predatorio de los recursos, publicidad honesta y un sistema financiero que se vuelque hacia el largo plazo, son características decisivas para que se abra camino a que ética y economía, sociedad y naturaleza puedan estar juntas.

Luchar contra la pobreza requiere avanzar contra la desigualdad

-América Latina redujo la pobreza en forma importante, no tanto la desigualdad. Pero el factor ambiental y la conciencia sobre sostenibilidad no parecen ser valores instalados en estos países… ¿usted lo ve así?

-Hay países, como Brasil, que redujeron la desigualdad del ingreso. Pero otras formas de desigualdad, como la de salud, de saneamiento básico, de educación, de acceso a la justicia, de acceso a bienes urbanos elementales, no se redujeron o, al menos, no se redujeron en la misma proporción. Hasta aquí las élites económicas y políticas miran la lucha contra la desigualdad como si fuera sinónimo de lucha contra la pobreza. No lo es: no será posible persistir en la lucha contra la pobreza si no se avanza en la lucha contra las desigualdades. Y esto involucra desigualdad también en el uso de recursos materiales, energéticos y bióticos en nuestro continente.

-¿Qué deben hacer los gobiernos para facilitarlo?

-La agenda es inmensa y las particularidades nacionales deben ser tenidas en cuenta. Citaría tres retos fundamentales: en primer lugar, que el contenido del crecimiento económico se vuelque a la oferta de bienes públicos y colectivos que puedan mejorar en bienestar social y reducir las desigualdades. Como vivo en São Paulo, estoy traumatizado por el caos urbano y veo la futilidad del esfuerzo de resolverlo con más obras, para abrigar cada vez más automóviles. El segundo reto es tributario: nuestros sistemas tributarios no logran traer beneficios a la regeneración de los ecosistemas y favorecen actividades muchas veces predatorias. El tercero es la efectiva protección de nuestra fantástica biocapacidad, cuya protección es cuestionada de forma permanente por intereses agropecuarios de corto plazo.

-¿Y los trabajadores?, ¿cuál es su responsabilidad?

-El movimiento sindical, que ocupó la vanguardia de luchas por reducción de desigualdades y por democracia en tantos países de América Latina no tiene ni de lejos la misma importancia de hace quince o veinte años. En parte, ello es un reflejo del proceso de desindustrialización que enfrenta el continente. Pero es también reflejo de la dificultad de las organizaciones de trabajadores de resaltar el desarrollo sostenible como eje de su agenda política.

El resultado es que del tema se terminan apropiando las grandes ONG por un lado, y las grandes marcas globales por otro, con participación muy reducida de organizaciones representativas de los trabajadores.

El contaminador debería pagar por toda la basura que produce

-¿Cuál es el nivel del daño que se puede considerar irreparable?

-El actual modelo agrícola se agotó. La revolución verde tuvo un rol decisivo para reducir la hambruna en el siglo XX. Pero la productividad del agro aumenta a tasas cada vez menores. Peor aún, los organismos genéticamente modificados que aparecieron como promesa para superar la escasez de agua y obtener más producción sobre la misma superficie, empiezan a revelar problemas serios. Wall Street Journal publicó hace poco tiempo un artículo donde mostraba que solo una empresa multinacional (Syngenta) multiplicó por dos sus ventas de agrotóxicos en Estados Unidos entre 2011 y 2012. La promesa de reducir el uso de agroquímicos, parece no concretarse. La idea de agricultura regenerativa fue abandonada en esta concepción. Si bien la productividad por unidad de tierra aumenta en casi todo el mundo, es mayor el incremento de fertilizantes nitrogenados y el fósforo. Entre 1960 y 2010, la producción mundial de granos se triplicó, mientras el uso de fertilizantes nitrogenados se multiplicó por nueve.

-En esa línea debemos ubicar la extracción compulsiva de hidrocarburos…

-Si los cálculos de HSBC y UBS y de los artículos de la revista Nature en que se basan están correctos, la compulsión no podrá proseguir: solo 30% de las reservas conocidas podrán ser explotadas. Y los avances en generación de energía solar y eólica, como también las nuevas técnicas de producción descentralizadas de energía (que en Alemania ya llegan a 20% de la oferta total de electricidad) muestran que es posible acelerar el ritmo del cambio.

-Hay países que desarrollaron modelos de reciclaje que reducen los basurales o la incineración contaminante y además, generan riqueza. La responsabilidad, ¿es del productor o del Estado?

-La acción del gobierno es esencial y los países que más redujeron la basura lo hicieron bajo el concepto de responsabilidad extendida del productor (extended producer responsibility). Es la aplicación del principio del “contaminador pagador a la basura”, no solamente en productos tóxicos como baterías y neumáticos, sino también en el packaging (botellas PET, por ejemplo). Cuando este principio es aplicado, la consecuencia es doble: las empresas asumen la responsabilidad por la basura y pagan por el sistema que permitirá el reciclaje. Esto incide sobre la concepción de los productos, que deben obedecer a un diseño en el que sus materiales sean cada vez más valorados, bajo lo que William McDonough y Michael Braungart llaman de Upcycle, o sea, los materiales como nuevas fuentes de creación de riqueza y no más basura.

FICHA TÉCNICA

Ricardo Abramovay es Economista, Profesor Titular del Departamento de Economía y del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Pablo, Brasil (USP). Investigador del Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico y coordinador del proyecto temático sobre Impactos Socioeconómicos del cambio climático en su país. Autor de una decena de publicaciones sobre la temática, la última de ellas, “Más allá de la Economía Verde”.

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